bootstrap template
Hector Domingo, autor, escritor
Ficciones de domingo, por HECTOR DOMINGO™

Ficciones de domingo

AUTOR: HÉCTOR DOMINGO, ISBN: 9781532979750

"La curiosidad mató al gato. Y los gatos aprendieron pronto. Desde entonces tienen nueve vidas."

Un hombre que decide averiguar hasta dónde llega un extraño cable y paga las consecuencias por su atrevimiento. Un adivino que carga con una plaga de pájaros. Una familia maldita cuyos miembros mueren luego de que una marca misteriosa les aparece en la piel, a menos que resuelvan un acertijo. Un cocinero al que una mujer encadenada a un árbol le impide recuperar un secreto legendario. Un viejo que tiene que descifrar los mapas misteriosos que se forman con las manchas del café.
Cinco relatos en los que la curiosidad atrapa a los personajes para complicar sus vidas.

"...poseedor de una capacidad de sorpresa reservada a los trabajos verdaderamente significativos (...) una aportación que contribuye al engrandecimiento de las letras."
–Jaime Torres Mendoza, escritor.


Relatos distinguidos con el Premio Nacional de Cuento Magdalena Mondragón 2012 y el Premio Regional de Cuento Hugo Gutiérrez Vega 2013. 

Relato del hombre que siguió un cable enterrado bajo su jardín

FRAGMENTO DEL LIBRO "FICCIONES DE DOMINGO", POR HÉCTOR DOMINGO
ISBN: 9781532979750

Ilustración hecha por: Héctor Domingo™
1
De los hilos que mantienen cada terreno en su lugar y la esperanza de dar con un tesoro oculto
La punta del cable apenas sobresalía del césped de mi jardín, camuflada entre el muro de bambúes. Era un cable grueso, formado por hilos tejidos en un patrón complicado. Traté de sacarlo a jalones. ¿Qué hacía allí? Ninguna instalación en la casa parecía necesitarlo. ¿Cómo es que no lo había visto antes? Estaba enterrado en vertical, como los que se instalan en las bases de los pararrayos. Miré hacia el techo. La casa nunca tuvo un pararrayos, ¿o sí?
Removí un poco de tierra con las manos, luego volví a tirar del cable. Pude hacer que asomara unos quince centímetros a la superficie. ¿Qué tan largo era? Tiré de nuevo y me lastimé los dedos. El cable no tenía ningún tipo de recubrimiento. Era metal puro. O, mejor dicho: una trenza formada por varios hilos metálicos diferentes, a juzgar por los matices que iban desde el plata hasta el dorado, pasando por varios tonos grisáceos.
Fui a buscar guantes de cuero y una tijera corta-cables, pero en lugar de ésta, volví con una pala y un pico. ¿Qué tal si el cable era parte de alguna vieja máquina que alguien había dejado enterrada? Las antigüedades siempre pueden venderse bien y el cable lucía tan diferente a todo lo que antes había visto que, sin duda, me llevaría a encontrar algo especial cuando llegara a la otra punta.

Supongo que también lo recordarás igual, pero ahora que estás débil, que apenas eres capaz de mantener el pulso y la respiración, no me viene a la mente otra cosa más que repasar en voz alta lo sucedido, porque al pronunciar los nombres de las cosas es como las hacemos nuestras.

Había cavado más de medio metro y el cable seguía extendiendo su verticalidad hacia lo profundo, como si lo hubieran tendido desde el centro de la tierra para sujetar el pequeño rectángulo verde que era mi jardín. Imaginé que si trozaba aquel cable, la propiedad no tardaría en perder su acomodo en el planeta. Doscientos metros cuadrados se despegarían del resto de la tierra llevando mi casa encima y flotarían como un gran barco sin ancla. Los bambúes que separan mi jardín del territorio vecino se partirían en dos y el auto mal estacionado caería rodando sobre la acera.
Seguí cavando. Las manos me dolían, la espalda también. Consideré pedir ayuda (todos los cavadores profesionales sueñan con desenterrar tesoros) pero, ¿qué pasaría si lo que encontrara al final del cable fuera tan valioso que no querría compartirlo con nadie?
Dejé la pala y fui a comprar ocho varillas y doce metros de lona para construir un biombo. Circundé con éste el agujero y un montón de tierra y plantas rotas que había sacado a fuerza de pico. Luego tomé un descanso.
Durante un par de días no hice más que cavar, parando sólo cuando el hambre, la sed y el cansancio me obligaban a hacerlo. Afortunadamente la tierra era blanda.
La mañana del tercer día, luego de haber alcanzado casi un metro y medio de profundidad, y el ancho suficiente para seguir cavando dentro, di con una vieja tarima de madera. El cable pasaba a través de ésta por un orificio hecho justo a la medida de su diámetro. Retiré unas cuantas paladas más de tierra y me incliné para examinarla. Di tres golpes. Sonó hueco. Hubiera gritado por la emoción, pero no quería que los vecinos quisieran averiguar qué estaba sucediendo, así que sólo me limité a felicitarme en voz baja por no haber involucrado a otros cavadores. ¡Había dado con la caja del tesoro! O, mejor aún: ¿era la tarima una puerta para algo más grande? Saboree la posibilidad de que, bajo mis pies, hubiera una cámara subterránea con reliquias históricas. Mi imaginación tomó vuelo y supuse que podría hacer una pequeña fortuna vendiendo a los coleccionistas cualquier cosa que encontrara: ¿Aparatos del tiempo de la Segunda Guerra Mundial? ¿Piezas de arte? ¿Armarios con documentos clasificados? Lo peor que me podría suceder ahora, pensé, es que lo que encuentre luzca tan estropeado o sea tan común que deba venderlo por su precio en kilos. Aún así me sería negocio.
Continué paleando tierra para descubrir una zona más amplia. ¿Encontraría la cerradura o una portezuela? ¿Daría con alguna marca en la tarima que me indicara lo que había oculto debajo? No, nada de eso apareció. Al menos no en la zona en la que había excavado. Tomé el pico y lo clavé en una de las juntas que había entre tabla y tabla. Luego hice palanca y pude abrir un boquete. Si en verdad había algo valioso allí debajo, estaba a punto de saberlo.
Ilustración hecha por: Héctor Domingo™
2
El remolque del vampiro triste y otros pasajes estrechos
Cuando tenía doce años, unos amigos me convencieron para que entrara con ellos al remolque de un camión que vimos estacionado en el terreno en donde se instalaban los circos y las ferias. Era de mañana y los juegos mecánicos estaban inmóviles, como si fueran los despojos de pulpos gigantescos o esqueletos en un museo de dinosaurios metálicos. Los altavoces callaban, ofreciendo unas horas de paz antes de que iniciara la guerra de cada noche por atraer a los clientes. La calma era tanta que podíamos oír el rechinar de las suelas de nuestros zapatos en la grava seca. Luego, el barritar de un elefante lejano; las flatulencias y los ronquidos que algún durmiente oculto dejaba escapar tras la cortina rojiblanca en la carpa del espectáculo de comedia; la voz ocasional del mozo indicando a los ponis que se quedaran quietos mientras él les quitaba a cubetadas la espuma de jabón que les había puesto antes...
Nos acercamos al remolque.
MALDICIONES QUE SON REALES, aseguraban las letras rotuladas a todo lo largo de la gran caja rodante. Las figuras mal trazadas de un hombre lobo, tres muertos-vivientes y un vampiro complementaban la decoración.
Subimos despacio por la escalerilla que llevaba a la puerta inicial. Una tela oscura, gruesa, protegía el paso. Fui el primero en cruzar, porque así lo decidieron mis acompañantes cuando notaron que estaba a punto de arrepentirme. ¿Qué demonios pretendíamos al colarnos en una casa-del-miedo mientras estaba cerrada al público? Avancé y ellos fueron tras de mí.
Dentro, nos encontramos con un pasillo angosto, oscuro. Avanzamos titubeantes. La cortina cubrió de nuevo la puerta a nuestras espaldas, aislándonos del aire fresco del exterior, impregnando todo con un aroma rancio, a humedad. Seguimos avanzando. El pasillo nos obligó a dar vuelta hacia la izquierda. Una luz débil nos mostró la primera habitación.
SILENCIO, QUE PODRÍAS DESPERTAR A LOS QUE NO VIVEN, PERO TAMPOCO HAN MUERTO, advertían las letras pintadas a mano en color verde sobre una lámina que pendía encima de dos sarcófagos mal construidos.
Aunque sabía que todo aquello no era más que la escenografía de un espectáculo barato y que a esta hora de la mañana el remolque debía estar vacío, esta vez no fui el primero en acercarme. Fue Dan, el menor de los tres quien, alardeando valentía, se atrevió a empujar un poco la tapa del primer ataúd.
–¡Aquí no hay nadie! –susurró con una risilla nerviosa. Luego avanzó para mover la del segundo. También aquel ataúd lucía vacío.
Era evidente que los actores estaban reponiendo fuerzas en algún hotel del pueblo para las funciones que darían aquella noche.
–Veamos si hay mejor suerte con el hombre lobo– dijo Flaco y avanzó por el siguiente pasillo.
Fuimos tras él convencidos de que encontraríamos otra habitación desierta, pero no iba a ser así.
¿CREES QUE SÓLO CON LUNA LLENA SON PELIGROSOS?, leímos esta vez un letrero garabateado con rotulador negro en una vieja puerta hecha con tablas de madera.
–Es tu turno–me ordenó Dan, haciéndose a un lado para dejarme libre el paso.
Apreté los dientes, avancé y estiré el brazo para abrir la puerta. Estaba atorada.
–¡Hazlo con más fuerza! –murmuró Flaco.
Apoyé ambas manos sobre las tablas y empujé con toda mi fuerza.
El crujido de la madera al ceder, me trajo de vuelta al presente. A mi jardín.

La tarima por la que cruzaba el cable no era tan vieja como había creído. Asomé por la hendidura y vi que debajo había un hueco, pero me faltó espacio para saber qué tan profundo era. Sin dejar de apoyar mi peso en la tabla, metí la mano izquierda y palpé el hilo metálico. Me di cuenta de que éste doblaba hacia el sur. Me incorporé, tomé otra vez el pico y lo seguí usando como palanca para aflojar más las tablas. Si quería bajar era preciso romper al menos tres de éstas.

© Copyright 2017 Héctor Domingo - Todos los derechos reservados
LIBROS  |  AUTOR   |  COOKIES Y PRIVACIDAD  |  CONTACTO