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Rik Tinmarín y los mutantes de Isla Uups™ por HECTOR DOMINGO®

Rik Tinmarín está en un campamento. Es de madrugada y unos gritos lo despiertan.
¡Hay un monstruo en el río! ¡Un monstruo verde y peludo que ruge con tres bocas y dientes afilados!

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Libro: Rik Tinmarín y los mutantes de Isla Uups, por Héctor Domingo.

Rik Tinmarín y los mutantes de Isla Uups

Parte uno
LA MÁQUINA CRIATURIFICANTE

1

El puerto de Biridivamba se extendía entre dos montañas de tierra amarillenta con árboles repletos de flores, iguanas y tucanes. Allí, el mar formaba una media luna de aguas tranquilas sobre las que se mecían unos diez o doce barcos.
El más grande y viejo de todos ellos se llamaba Reina Coral y en él vivían solos el profesor Dil Olikian y su pequeña hija Lila.
El Reina Coral era un gran armazón de fierros oxidados que no servía para navegar. Sus motores se habían arruinado muchos años antes y su forma era tan simple que, al verlo por fuera, uno pensaría que estaba frente una lata de sardinas gigante. Debido a esto, el padre de Lila pudo comprarlo a precio de chatarra.
Pero así como era un barco feo, tenía espacio de sobra para todo. Detrás de sus muros oxidados había una terraza oculta con plantas floridas, árboles frutales y una fuente a la que acudían a beber los pajarillos.
Caminando un poco hacia la izquierda, se llegaba a un cobertizo que Lila llamaba La cabaña de los inventos. Allí era en donde la pequeña se divertía construyendo robots. Luego había tres patios amplios, dos tanques para almacenar combustible y, llegando al otro extremo del barco, estaba el laboratorio secreto del profesor.

El barco Reina Coral. Rik Tinmarín y los mutantes de Isla Uups, por Héctor Domingo.

Nadie más, excepto Lila y su padre sabían acerca de todos estos lugares. Olikian no quería que otras personas tuvieran curiosidad por visitarlos, ya que en su laboratorio había máquinas tan impresionantes como peligrosas. Si alguna de sus creaciones o descubrimientos caía en manos equivocadas, podría causar mucho daño. Sobre todo el último invento: la máquina criaturificante. Este artefacto era capaz de dar vida a cualquier ser que alguien diseñara en alguna computadora y, justo en ese momento, el profesor y su hija estaban a punto de probarlo por primera vez.

2

—Quiero que fabriques un pez juguetón para alegrar mi pecera —pidió Lila a su padre mientras dos robots de cuerpos delgados y con pelucas de colores hacían girar las perillas que abrían las válvulas.
—¡Tengo uno perfecto para ti entre mis diseños! —respondió Olikian y enseguida oprimió varias teclas en la computadora.
La pantalla se iluminó entonces con el dibujo animado de un pececillo de color naranja. Tenía cuatro aletas azules y tres ojos redonditos que le brillaban como si tuvieran luz propia.
—¡Sí! —exclamó la pequeña—. ¡Ese me gusta!
Los robots con pelucas menearon sus cuerpos como si estuvieran bailando conga.
—¡Mira, papá! —festejó Lila—. ¡Tu diseño también pone felices a Jayus-7 y a Jayus-12!

Robots del laboratorio. Rik Tinmarín y los mutantes de Isla Uups, por Héctor Domingo.

El profesor oprimió entonces otra secuencia en el teclado.
La máquina criaturificante se puso en marcha.
¡Rirjir! ¡Trijir!
Las tuberías transparentes se pintaron de colores tan vivos que parecía como si hubieran atrapado allí pedacitos de sol.
Luego, en la parte más alta de la máquina, tres regaderas cuadradas fueron escupiendo vapor de colores amarillo, magenta y cian mientras se movían de un lado para otro.
¡Iriic! ¡Triikk!
Así sonaba la máquina y en su bandeja se fue generando una figura en tercera dimensión. Era el pececillo que antes Lila y el profesor habían visto en la pantalla.
—¡Oooh! —exclamó la pequeña.
—¿Qué te parece? —preguntó Olikian.
—¡Luce muy tierno! —aseguró ella—. Pero, ¿por qué no se mueve?
—Espera un segundo —pidió su padre—: Todavía falta el toque final.
Olikian activó otro comando y en la bandeja se produjo una chispa eléctrica tan deslumbrante como el flash de una cámara fotográfica. Entonces los tres ojos del pececillo parpadearon.
—¡Bravoo, Papá! —festejó lila.
La pequeña tomó al pececillo entre sus manos y salió de allí corriendo para llevarlo hasta la pecera.
El profesor la vio tan feliz que se puso a bailar conga con los robots mientras se felicitaba por haber inventado aquella máquina.

Pez mutante. Rik Tinmarín y los mutantes de Isla Uups, por Héctor Domingo.

3

Reina Coral era el nombre del barco, pero también lo era el de la madre de Lila.
Coral Rielvi se había ido al cielo apenas ocho meses antes, debido a una de esas enfermedades extrañas que la ciencia no sabe curar. Y ahora sólo quedaban padre e hija en un navío que cada vez parecía más grande y solitario.
Bueno… también estaban los robots que fabricaba Lila, pero hacía falta algo más. Por eso el profesor inventó la máquina criaturificante. Quería que la pequeña se sintiera acompañada por las mascotas generadas allí, que jugara con ellas, las cuidara y volviera a sonreír tanto como lo hacía cuando su madre aún estaba presente. Y al parecer las cosas iban por buen camino, porque apenas Lila puso el animalito de tres ojos en la pecera, volvió corriendo al laboratorio para pedir a su padre un par de criaturitas más.
Olikian activó la máquina de nuevo. En la bandeja se formó un pececillo con aletas redondas y pelo verde sobre las escamas. Luego surgió otro con un cuerpo tan blando y pálido que parecía gelatina de sabor almendra.
—¿Está bien si luego pido otras mascotas? —preguntó Lila, emocionada.
—¡Por supuesto que sí! —exclamó el profesor—. ¡En este barco hay espacio para todo un zoológico!
Lila respondió con una sonrisa tan amplia que su padre decidió que aquella misma tarde enviaría más de sus diseños a la máquina.
Y así fue. Con ayuda de los robots Jayus-12 y Jayus-7, Olikian hizo realidad un par de gatos. El primero era gordo y tan peludo que se antojaba abrazarlo como si fuera una almohada. El segundo era flaco y gracioso. Tenía las patas y el cuello bastante largos en comparación con el resto de su cuerpo.
Después surgieron otras criaturas: un periquito de plumas brillantes al que le gustaba pararse de cabeza y girar como si estuviera bailando; cuatro ranitas moteadas que tenían muelas por todo el derredor de la boca y seis lagartijas cornudas que parecían dragones de juguete.
Si el profesor hubiera sabido la catástrofe que estaba a punto de suceder con las mascotas, seguramente no las habría fabricado tan deprisa.

Laboratorio secreto del profesor Olikian. Rik Tinmarín y los mutantes de Isla Uups, por Héctor Domingo.

4

Los peces fueron los primeros en cambiar de forma.
Lila regaba las plantas de la terraza con agua de la fuente cuando escuchó varios golpecitos.
Tin, tin, tin.
Los sonidos provenían de la pecera. Allí, el agua se agitaba formando un remolino. Las criaturas que había puesto dentro iban veloces de un lado a otro como si estuvieran en una licuadora.
En la parte superior nadaba el pececillo que parecía gelatina de sabor almendra. Lo hacía tan rápido que formaba una franja de color claro.
En medio de la pecera daba vueltas una mancha verde y alargada entre burbujas. Era el pez verde y peludo.
Al fondo giraba el pez de color naranja que tenía tres ojos.
Tin, tin, tin.
Los golpecitos resonaban cuando las colas y las aletas de las criaturas tocaban el vidrio de la esfera.
Entonces el animalito de color naranja dio un salto para salir de allí y cayó en el piso justo frente a Lila.
Ella se inclinó para tomarlo entre sus manos y meterlo de nuevo en la pecera, pero se detuvo al notar que el animalito lucía diferente. ¡Le habían brotado ojos por todo el cuerpo! Eran cien o más ojitos que parpadeaban, que se movían para mirarla y al hacerlo resplandecían como pequeños relámpagos.
—¡Oh, cielos! —exclamó ella sin saber qué hacer.
El pececillo dio un salto más para alcanzar la fuente y allí se sumergió.
—¡Ah, ya entiendo! —dijo la pequeña—: Estás buscando un espacio más grande para nadar.
Tin, tin… ¡Cluup!
Los otros dos peces escaparon también de la pecera y Lila pudo ver sus cambios.
Pelos Verdes ahora tenía tres bocas y además le habían crecido tentáculos. A Gelatina de Almendra le brotó una gran nariz con forma de zanahoria retorcida.
—¡Oh! —exclamó Lila otra vez.
Luego tomó a Pelos Verdes y a Gelatina de Almendra y los puso dentro de la fuente para que acompañaran a Cien Ojitos.
—Hablaré con papá y construiremos para ustedes un estanque tan grande que se van a sentir como si estuvieran nadando en el mar —prometió la pequeña a los peces—. ¡Ya lo verán!
Hasta ese momento las cosas no parecían complicarse mucho, pero unos minutos después sucedió lo de los gatos.

Gatos mutantes. Rik Tinmarín y los mutantes de Isla Uups, por Héctor Domingo.

5

El gato gordo se quedó completamente calvo. O al menos eso fue lo que Lila creyó cuando lo vio salir por entre las plantas. Pero luego, al acariciarlo, se dio cuenta de que el pelo estaba allí, sólo que ella no podía verlo.
—¿Cómo fue que tu pelaje se volvió invisible? —preguntó al gato.
El animal respondió con un maullido ronco y suave.
—¿Y en dónde está tu compañero? —insistió Lila.
Otro maullido, esta vez más agudo, resonó justo frente a ella.
—¡Gato flaco! ¿Estás allí?
Las plantas se movieron, pero Lila no pudo ver quién agitaba los tallos y las hojas.
—¿Eres tú, gato flaco?
¡Miau! ¡Miau!
Lila estiró la mano y sintió unas orejas puntiagudas y suaves, luego una pequeña nariz fría.
—¡Gato flaco! ¡Eres invisible!
¡Miau!
Entonces el gato gordo se puso de color amarillo, enseguida verde y luego azul.
Lila se tuvo que tallar los ojos para asegurarse de que era real lo que veía.
El gato gordo siguió cambiando de colores cada vez más rápido. Tanto, que la pequeña se sintió mareada y…
¡Pop-pop-pop!
Se oyó de pronto como si reventaran palomitas de maíz y el gato gordo también se volvió invisible.
A partir de ese momento, Lila estuvo segura de que ninguna de las mascotas que habían salido de la máquina criaturificante permanecerían igual que como ella y su padre las habían conocido.

6

—No entiendo por qué las mascotas están cambiando —se quejó el profesor—. Ya revisé el gel en cada uno de los tanques y los niveles son correctos. También me aseguré de que las tuberías estuvieran limpias de polvo, virus o bacterias y… ¡Oh, no! ¡Noo!
El profesor se llevó la mano izquierda a la frente. Luego alzó el dedo índice derecho y abrió la boca para decir algo, pero en vez de hablar señaló hacia las computadoras.
—Papá, ¿estás bien? —preguntó Lila.
—¡Virus! —aseguró Olikian—. ¡Virus informáticos! ¿Qué tal si alguno infectó las máquinas y por eso las mascotas están convirtiéndose en algo distinto a lo que diseñé?
El profesor escaneó el sistema operativo y se dio cuenta del problema:
—¡Es el Parangaracuririvirus! ¿Cómo fue que se metió si la red está protegida?
Lila se quedó callada. Sospechaba que los robots traviesos Jayus-7 y Jayus-12 tal vez habían tenido algo que ver, pero no estaba segura.

Lila y el profesor Dil Olikian. Rik Tinmarín y los mutantes de Isla Uups, por Héctor Domingo.

—¡Soy el responsable de todo este desastre! —exclamó Olikian—. ¡Estaba tan emocionado con la máquina que me puse a fabricar seres sin antes medir bien las consecuencias! ¿Y qué tal si las criaturas siguen cambiando? ¿Qué tal si—
—No te angusties, papá —interrumpió Lila—. No me importa que las mascotas sean distintas, seguro que aprenderemos a cuidarlas de la mejor manera.
—Hija, yo inicié este caos y ahora estoy obligado a ponerle solución.
—Y lo harás, papá: Los peces necesitan un gran estanque para nadar a sus anchas y a los gatos invisibles les gusta jugar entre la vegetación. ¿Qué tal si ponemos cinco o seis árboles más en la terraza y fabricamos el estanque?
El profesor asintió aunque no estaba seguro de que todo aquello fuera una buena idea. ¿Y si las criaturas seguían cambiando hasta volverse peligrosas?
El profesor se rascó la cabeza. Luego dijo a la pequeña:
—No sé qué resultaría peor, hija: que seres monstruosos nos hicieran daño o que las personas vinieran a lastimar a unas pobres criaturas que no tienen la culpa de estar cambiando. La mejor solución que se me ocurre es hacer que el Reina Coral navegue lejos de aquí en lo que descubrimos de qué maneras acaban las transformaciones.
Lila estuvo de acuerdo. Su padre tenía razón. Era necesario que dejaran Biridivamba en cuanto fuera posible, pero, ¿cómo hacer que el Reina Coral navegara si no servían sus motores?

7

Lila y su padre consideraron varias maneras para hacer que el Reina Coral pudiera moverse. Fueron tres días intensos.
El primer día revisaron a conciencia los motores del barco y comprobaron lo que ya sabían. Ninguno servía para nada. Era imposible repararlos. Todos eran fierros chuecos y alambres quemados. Si querían navegar, necesitaban conseguir otros nuevos y revisar que los conductos y los depósitos de combustible fueran seguros. Pero echar a andar motores como aquellos, significaba contaminar las aguas, así que decidieron buscar otras alternativas.
Esa noche, el Reina Coral se llenó de sonidos extraños: el rugir de un león con la garganta irritada, los gruñidos de algún oso enano y el silbar de un pájaro gigante con mucha gripa. Pero en el barco no había leones ni osos ni pájaros gigantes con gripa… ¿O sí?
Al día siguiente revisaron todos los rincones de la embarcación en busca de fieras. Lila y Olikian se colgaron a la espalda bombas portátiles que podían expulsar chorros de agua a presión. Esta sería la manera para defenderse en caso de que se hallaran frente a frente con alguna bestia peligrosa, pero no vieron ninguna. ¿En dónde se habían metido?
El profesor pasó toda la noche despierto sin necesidad de beberse ni siquiera una taza de café. Sabía que las criaturas podrían transformarse en cualquier cosa y crecer a cualquier tamaño. Eso lo puso nervioso. Era urgente que sacaran el barco de Biridivamba.
Fue al tercer día cuando el papá de Lila encontró la manera de poner el Reina Coral en marcha.
—¡Ya sé cómo haremos para mover este gran barco! —exclamó Olikian mientras chasqueaba los dedos—. ¡Uniremos lo mejor del pasado con lo mejor del futuro! ¡Construiremos una poderosa turbina de vapor que se alimente con energía solar!
A la pequeña le pareció una idea excelente. Sería una turbina tan grande, que además de mover al Reina Coral, también filtraría el agua salada para que pudieran beberla, regar las plantas y bañarse con ella.
—¡Y podemos hacer una gran nube con el vapor de la turbina para que oculte el barco a quienes no tienen que verlo! —sugirió Lila.
—¡Hija, eres un genio!
—Claro que lo soy, papá. ¿Cuántas chicas con diez años de edad pueden armar robots como los que yo hago?
El profesor y su hija se echaron a reír.

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Crédito de fotos adicionales: Freepik

Palabras clave: Libros infantiles en español para niños y niñas de 8 a 12 años. Libros de cuentos, lectura infantil. #HéctorDomingo #CreceMásTuImaginación #Imagikalia  

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