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La leyenda de Bookstruo, por HECTOR DOMINGO, libros infantiles recomendados para niñas y niños de 8 a 12 años de edad.

¡Pobre de la pequeña Alex! Su papá perdió el trabajo y no es bueno que pasen el invierno con hambre y frío.
Entonces conoce a una mujer extraña que dice ser la tía-abuela desaparecida y le promete monedas de oro a cambio de que la acompañe hasta una casa que, dicen, está habitada por duendes.

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Libro: La leyenda de Bookstruo, por Héctor Domingo.

La leyenda de Bookstruo

Parte uno

EL BAZAR DE LAS LEYENDAS

(gran desierto de Sahi-Ulah, hace 39 años)

1

El hombre de la túnica roja cayó del cielo cuando los primeros rayos del sol pintaron la arena. Sus botas golpearon el piso con fuerza, pero apenas hicieron ruido. La cuerda por la que se deslizó todavía colgaba a su derecha.
El hombre alzó la vista y gritó:
—¡Bájenlo ahora!
Arriba apareció flotando un gigantesco globo también de color rojo y, desde la canastilla del globo descolgaron una jaula de madera con un animal dentro. El animal resopló tres veces, luego emitió un ruido que estremeció el aire.
¡Uuurrrf!

Libro: La leyenda de Bookstruo, por Héctor Domingo.

Pronto la jaula tocó el piso y el hombre abrió la puerta para sacar de allí a lo que parecía ser un camello, pero con el pelaje manchado igual que los perros dálmatas. Era un dalmeillo.

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—¡Pueden ya bajar a la señora! —gritó el hombre.
Igual que usaron cuerdas para bajar la jaula, ahora los hombres del globo hicieron descender una silla en la que venía sentada Alexandarieta Rumplistilinskeira Gromvicfertzens.
Alexandarieta era tan vieja como una abuela, pero no usaba anteojos. Tampoco tenía canas, pero sí una gran sonrisa.
El hombre de la túnica roja esperó a que la silla tocara el piso y la mujer se alistara para montar al dalmeillo, entonces la ayudó a subir.
—¿Está segura de que no quiere que la acompañe? —preguntó.
Alexandarieta negó con la cabeza.
—Puedo cuidarme bien —dijo, tomando las riendas del animal—. He visitado los sitios más peligrosos del planeta. También los más extraños y este bazar tiene las dos cosas. Por eso vine. Sólo en un mercado así podría encontrar lo que estoy buscando.
El hombre asintió.
—Volveremos por usted al atardecer —dijo—. Sólo tiene que agitar los brazos en cuanto vea el globo y nos acercaremos para recogerla.
Alexandarieta asintió.

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El hombre puso la silla dentro de la jaula, luego también se metió allí, cerró la puerta y dio un par de silbidos.
La jaula se fue elevando mientras el globo se hacía cada vez más pequeño en la distancia.

Al bazar de las leyendas se podía llegar sólo por invitación. La invitación aparecía una mañana bajo tu puerta, protegida por un sobre de color blanco marcado con una gran equis roja. Al abrir el sobre te encontrabas con un mapa estilo pirata que detallaba la ubicación y la fecha en los que se instalaría el bazar. También aparecía tu nombre y el nombre del guía que debías contratar en la ciudad más cercana. Así fue como Alexandarieta pudo hallar el sitio.
¿Y quién elegía a quiénes se debían enviar los sobres con las equis?
"Un grupo de personas desconocidas decide, por motivos no conocidos, a qué personas que ellos no conocen invitarán a este bazar de ubicación desconocida".
Esta fue la explicación que el guía le dio aquella mañana. Por lo tanto, volver a dar con el bazar de las leyendas era imposible, a menos que pudiera conseguirse una invitación nueva.

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Alexandarieta dio media vuelta al dalmeillo y se dirigió hacia una colina en donde las rocas parecían unos gigantes sentados mientras se preguntaba si en verdad había sido una buena idea pedir que la dejaran ir sola.

2

El dalmeillo caminaba lento y daba brincos. Alexandarieta sintió molestias en la espalda.
"A mis setenta y seis ya no soy tan joven", pensó ella: "preferiría estar conduciendo una motocicleta".
Pero en aquella parte del desierto las arenas eran tan resbalosas que la manera más eficiente de moverse era montando un dalmeillo.
—¡Vamos, vamos! ¡Apresúrate! —dijo Alexandarieta al animal mientras agitaba las riendas.
El dalmeillo se detuvo.
La mujer se dio cuenta de que nada lograría tratando mal al dalmeillo, así que se disculpó y pidió al animal si por favor sería tan amable de ir más rápido.
El dalmeillo resopló tres veces. Luego enterró sus patas en la arena hasta la altura de sus rodillas. Entonces avanzó de una forma tan extraña que Alexandarieta no podía creerlo. Ya no había brincos. Ni siquiera pasos. Era como si estuvieran flotando, como si los granos de arena fueran gotas de agua y el desierto se hubiera convertido en mar. La espalda ya no le dolía. Al contrario. El deslizamiento fue tan suave, tan rápido, que llegaron a la colina de rocas en menos de quince minutos.
—¡No sabes cuánto te lo agradezco! —dijo la mujer al dalmeillo.
Entonces descubrió tres entradas circulares perforadas en las rocas. "¿Será lo mismo entrar por cualquiera de las tres o habrá una más peligrosa que las otras?", se preguntó Alexandarieta.
Quizás una estaría cuidada por guardias de cuatro brazos con garrotes, otra por alguna bruja que se divertiría haciendo bromas pesadas a los visitantes y la tercera por un grupo de chimpancés ladrones.
—Si sólo hubiera una puerta, las cosas resultarían más sencillas… Pero más aburridas —murmuró Alexandarieta para darse ánimos. Luego suspiró y dijo—: Todo sea por el regalo de la pequeña Sandra.
Sandra era su nieta-sobrina y estaba a punto de cumplir los siete años de edad. Alexandarieta siempre regresaba a casa para la fiesta de Sandra y siempre también le llevaba el regalo más especial que podía conseguir. Esta vez estaba segura de que en aquel sitio hallaría algo verdaderamente especial.

3

El dalmeillo se detuvo frente a la colina de los gigantes sentados. La mujer bajó del animal, tomó las riendas y se acercó caminando hasta la segunda puerta. Allí encontró un hombre con el pelo, el bigote y la barba tan largos que le llegaban al piso. Las cejas, largas también, le cubrían los ojos.

Libro: La leyenda de Bookstruo, por Héctor Domingo.

—Su nombre —preguntó el de la puerta, haciendo una señal con la mano para que la mujer se detuviera.
—Soy Alexandarieta Rumplistilinskeira Gromvicfertzens —respondió ella.
El hombre tomó un libro de registros y buscó entre las páginas.
—Aquí no aparece ninguna Alexmarieta —aseguró.
La mujer repitió con paciencia su primer nombre:
—Es A-lex-an-da-rie-ta.
El hombre cerró de golpe el libro de registros y lo dejó caer sobre la arena. Entonces exigió:
—Si quiere entrar, deberá pagar.
—Tengo algo especial para usted —dijo Alexandarieta mientras hurgaba en su bolso.
El hombre se preguntó qué es lo que ella sacaría de allí. ¿Oro? ¿Algún tipo de arma? ¿Un mini gato mordelón de tres cabezas?
La última opción era la más peligrosa. Los mini gatos mordelones de tres cabezas eran las mascotas más leales a sus amos. Rápidos, feroces, tan pequeños como ranas y con pelaje que cambiaba de color como si fuera un arcoíris… Pero lo que la mujer sacó de su bolso fue un objeto plano de color blanco: era un peine tallado en marfil.
El hombre lo tomó, lo examinó con calma. Luego asintió.
—También quiero su dalmeillo —dijo, señalando al animal.
Alexandarieta dijo que no.
El hombre apretó los labios tanto que se le enchuecó la boca y, molesto, dijo una serie de palabras en un idioma desconocido.
Cuando acabó de hacer su rabieta, el hombre de las cejas, bigote, barba y pelo largos respiró profundo, sonrió con amabilidad e hizo una reverencia para indicar a Alexandarieta que podía seguir adelante.

Libro: La leyenda de Bookstruo, por Héctor Domingo.

4

Se decía que el bazar de las leyendas era una leyenda más. Pocas personas sabían que realmente había un mercado que nunca se ponía dos veces en el mismo sitio y en el que podían comprarse las cosas más extrañas del mundo. Cosas que muchos aseguraban que no existían, como, por ejemplo: las semillas de blablagulp, que al sembrarlas producían unas plantas carnívoras con pétalos tan grandes que parecían lenguas de ballenas.
O los pantanos portátiles. Había pantanos portátiles para todos los gustos. El conjunto más completo incluía el fluido apestoso instantáneo, un envase con mil doscientos mosquitos, un frasco habitado por cinco tarántulas verdes, tres paquetes de sapos en hibernación y un cupón de descuento al contratar fantasmas.

Alexandarieta puso el dalmeillo en manos de un cuidador y siguió por las calles angostas del bazar.
No hacía frío. Tampoco hacía calor. La arena bajo sus pies era tan blanda que parecía que iba caminando sobre una gran gelatina o sobre un colchón de espuma.
Alexandarieta jamás había estado en algún sitio tan peculiar como aquel. ¡Y eso que conocía prácticamente todos los desiertos del planeta!
"No habría otro lugar mejor que este para instalar un bazar que nunca se pone dos veces en el mismo sitio", pensó mientras sonreía.
Las tiendas allí eran improvisadas. Los techos y las paredes eran telas extendidas y atadas con cuerdas a la parte trasera de algún camión de carga. De esta manera los vendedores podían moverse rápido en caso de que una tormenta de arena o algún grupo de bandidos amenazara sus negocios.
Todas las tiendas eran distintas. Los vendedores acomodaban las telas de modo que formaban figuras. Había una tienda que simulaba un pequeño castillo con sus torres y banderas. Otra parecía un cono de helado gigante y frente a ella podía verse un cohete espacial hecho también con telas de colores, pero la primer tienda que llamó la atención de Alexandarieta fue una con forma de pirámide en la que se anunciaban descuentos en sarcófagos egipcios y en cofres de siete llaves para guardar los tesoros.

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